Embajadora de la primera Maratón Femenina de Programación celebrada en nuestra universidad, nuestra alumna de Ingeniería Mecatrónica no solo busca crear tecnología con enfoque social, también concentra sus esfuerzos en lograr que la ingeniería sea un ambiente seguro e inclusivo: donde el género deje de ser un debate, sino una celebración.
Antes de descubrir su pasión por los cálculos y números, Aranthza Mendez Saavedra —en el colegio de su natal Juliaca, Puno— se inclinaba hacia los cursos de letras: literatura y razonamiento verbal. Pero, confiesa, la carrera que pensaba estudiar desde que tenía cinco años, hasta casi toda su etapa escolar, fue Medicina.
Aunque más que un deseo propio, era una influencia familiar. “Mi mamá básicamente me había inculcado Medicina”, relata. Así que, durante sus últimos años del colegio, exploró nuevas alternativas: contempló Ingeniería Biomédica por su relación con las ciencias de la salud, pero no tardó en conciliar que en la ingeniería, donde podría crear y diseñar nueva tecnología, se hallaba su verdadera vocación.
Pero cuando comentó con su familia la intención de estudiar ingeniería, aún recuerda las palabras iniciales de su madre: “¿Ingeniería?… ¿Estás segura? Porque esa carrera es de hombres”.
“Fue chocante, me quedé sin palabras. En ese momento sentí que era injusto, pero no sabía cómo nombrarlo”, revela Aranthza. Sin embargo, con el apoyo de su padre y hermana, ese estereotipo no representó un obstáculo. Su madre, además, al observar su resiliencia, finalmente también la acompañó en su meta de ser ingeniera.
Si bien le atraían la Mecánica y la Electrónica, encontró en Mecatrónica la combinación que buscaba junto a la programación. “Me gusta crear cositas, hacer cosas que se muevan y que tengan vida (…) Y, sobre todo, que también tengan un propósito”, sostiene.
Hoy en séptimo ciclo está buscando una rama de la mecatrónica en la que desenvolverse, Aranthza tiene una certeza: poner su talento ingenieril en favor de proyectos sociales, el acompañamiento a pacientes y las soluciones frente al cambio climático. Sus conocimientos técnicos se mueven en sintonía con las causas que tocan su corazón.
Como, por ejemplo, facilitar el camino de las nuevas generaciones de niñas que deseen estudiar áreas STEM. Aranthza agradece la lucha de las pioneras que se movilizaron por obtener derechos que ahora parecen cotidianos: votar, tener una carrera universitaria o abrir una cuenta bancaria de forma autónoma.
“Gracias a las que lucharon antes, es que ahora puedo estudiar una carrera de ingeniería”, reconoce. No quiere limitarse a aprovechar las oportunidades que recibió. Anhela ampliarlas.
“Me gustaría abrir puertas que antes yo encontré cerradas para que las que vengan detrás, para las más jóvenes y las más chiquitas puedan entrar y abrir aún más puertas para las que vienen después”, expresa.
Aquella convicción logró materializarla este año, cuando logró que la PUCP fuera, por primera vez, sede de la Maratón Femenina de Programación, promovida por la Sociedad Brasileña de Computación junto con la Universidad Estadual de Campinas de Brasil. No tenía ningún plan ni mucho menos precedentes, pero sí un deseo sincero por amplificar las oportunidades de desarrollo de las mujeres en ciencia y tecnología.
“No sabía aún cómo lo iba a hacer, yo de hecho pensaba en un principio que podía hacerlo sola”, revela con una risa nerviosa.
Porque fue allí donde descubrió que uno de los pilares de las luchas es que no son individuales, sino colectivas. Mandó correos, solicitó reuniones y, aunque muchas veces no obtuvo respuestas, su perseverancia le permitió encontrar a personas dispuestas a creer en la propuesta. Desde amistades —Kelly, Sergio, Lorena, Micaela y Oshin— hasta docentes en la universidad.
Como las profesoras Yulán Hernández, Elizabeth Villota y Rocío Callupe; y la Mag. Silvia Rodríguez Siu de Bienestar Ciencias, quienes desde su posición no dudaron en movilizar al resto de autoridades para acelerar la realización del evento: reserva de aulas, difusión institucional, servicio de catering o entrega de polos fueron algunas de las tareas que impulsaron para cumplir con excelencia ser una de las sedes anfitrionas.
“Sin los esfuerzos de cada una de estas profesoras, no hubiera sido posible nada de esto, nada”, recuerda. El objetivo, sin embargo, no ha culminado: esta participación pionera, revela, es solo el inicio para consolidar a la PUCP como sede anual de la MFP.
Esta experiencia, el ser testigo de la cooperación de egresados, docentes o administrativos aun cuando no la conocían, definen —para Aranthza— lo que representa la PUCP: una verdadera comunidad.
“Lo más bonito y valioso que tiene la PUCP es la gente que lo conforma”, afirma.
Porque nuestra universidad también le permitió desarrollar una tarea pendiente cuando salió de Juliaca: conectar con la cultura andina. Aunque vivió en Puno hasta los 17 años, Aranthza confiesa una dura realidad para quienes viven fuera de Lima: “Por lo general, se nos enseña a estar avergonzados de nuestros orígenes”.
Estos pensamientos de temor o rechazo hacia su tierra, sin embargo, lograron esfumarse cuando descubrió el Centro de Música y Danza PUCP (CEMDUC). Durante casi tres años, entre ensayos de danzas andinas y canciones en quechua, aprendió que detrás de cada paso, había una historia milenaria de lucha y resistencia.
“Fue un acercamiento, el primer acercamiento cultural y apreciativo del arte y la cultura andina como tal que tuve en toda mi vida”, cuenta con una sonrisa de oreja a oreja.
Aranthza todavía está descubriendo qué especialidad seguirá dentro de su carrera, qué proyectos construirá y hasta dónde podrá llevar su ingeniería. No tiene un camino perfectamente trazado. Tampoco cree que sea necesario tenerlo.
Lo sostiene desde su propia experiencia: la de aquella niña que creció creyendo que la medicina tenía que ser su destino y a la que le dijeron que las chicas no deberían estudiar ingeniería. “Quisiera mostrar que no se tiene que tener un camino perfecto desde un principio para poder cumplir los sueños que tenemos”, concluye.