Gonzalo Lozano, el ingeniero PUCP que replantea el futuro de un edificio después de un terremoto

20/08/2026

¿Y si después de un terremoto un edificio pudiera repararse cambiando solo las piezas dañadas, en lugar de ser demolido? Esa es la pregunta que guía la investigación de nuestro ingeniero civil en Nueva Zelanda, donde desarrolla una innovadora tecnología para construir estructuras más resilientes y con potencial de transformar el futuro de la ingeniería sísmica.

La pregunta apareció después del terremoto

En Christchurch, Nueva Zelanda, donde nuestro egresado Gonzalo Lozano estudia su doctorado, hay edificios que todavía llevan las marcas del terremoto del 2011.

Un movimiento de apenas 10 segundos ha obligado que, 15 años después, muchas construcciones permanezcan cerradas o en reparación, como —por ejemplo— la catedral de la ciudad, que todavía es inaccesible a sus fieles o turistas.

Aunque la ingeniería sísmica ha desarrollado criterios para que, ante un terremoto severo, una estructura pueda dañarse sin poner en riesgo la vida de sus ocupantes, todavía enfrenta el desafío de la recuperación después del movimiento: ¿qué pasa con un edificio después de cumplir su objetivo de no colapsar?

En el caso de Christchurch, explica Gonzalo, más del 60 % de los edificios de concreto de tres pisos o más tuvieron que ser demolidos tras el devastador sismo. Pese a que habían resistido, el daño era demasiado costoso o complejo de reparar.

“En la universidad, se nos enseña que un objetivo del diseño sismorresistente es que luego del terremoto también se pueda reparar el edificio”, explica Gonzalo. “Pero en la práctica […] se ve que el daño es tan grave que no hay forma de repararlo, agrega.

Su doctorado en la Universidad de Canterbury intenta, precisamente, resolver ese desafío.

Gonzalo aprendió a buscar el siguiente paso

Pero para poder proponer soluciones cruciales en la ingeniería sismorresistente global, Gonzalo tuvo que anteponerse, primero, a pruebas personales.

Con un fuerte interés en física y matemáticas desde el colegio, la ingeniería civil y la PUCP fueron dos decisiones casi intuitivas para Gonzalo. Apasionado por las ciencias, su adaptación a la exigencia académica fue natural. Pero —añade— fueron las actividades fuera del salón los retos más importantes que debió vencer:

“Al inicio, solamente me enfocaba en mis cursos, estudiaba, resolvía el examen y nada más”, confiesa. Aunque sus notas resaltaban, todavía le costaba hablar en público, dirigir o liderar: el perfil que complementa a un profesional integral. Ese balance entre el rigor intelectual y el dominio de relaciones interpersonales que ofrece la PUCP.

En asociaciones estudiantiles y actividades como Constructecnia tuvo que organizar, coordinar, hablar frente a otras personas y asumir responsabilidades. “Se me forzó”, describe entre risas, pero fueron oportunidades de crecimiento personal que resultaron claves para crear conexiones que le ayudarían en el futuro.

Como para alcanzar una beca de maestría. Estos financiamientos requieren más que buenas notas, sino también la agudeza para encontrarlas: preguntar y establecer conexiones. A través de Concytec, entre 2017 y 2019 estudió en nuestra universidad la maestría en Ingeniería Civil, luego de la cual trabajó en proyectos de gran envergadura como hospitales, centros comerciales, edificios y el nuevo aeropuerto Jorge Chávez. Pero sus habilidades no se quedaron en nuestro país.

Con el espíritu de descubrir otras formas de diseñar proyectos, Gonzalo ingresó a la firma chilena René Lagos Engineers, donde conoció una industria que ha marcado la agenda dentro de la ingeniería sismorresistente.

“Los terremotos que han experimentado en Chile son un caso de estudio y, en cierta forma, un ejemplo en el mundo por la forma como sus edificios se han comportado en los terremotos tan fuertes que han tenido”, explica. En territorio sureño, cuenta, participó del diseño del hospital de Puerto Varas, con aisladores antisísmicos.

Pero tras casi cinco años siendo parte de grandes proyectos en la región, nuevamente sintió que su curva de aprendizaje podría ascender en otro destino: “Sentí que había dejado de aprender al mismo ritmo. Entonces, busqué algo más”, precisa.

Su llegada hasta Oceanía no fue casual. Gonzalo buscó personalmente a profesores en Nueva Zelanda. Eligió Canterbury por su liderazgo en investigación sísmica; especialmente, frente a los terremotos del 2010 y 2011 en Canterbury.

Hoy, casi al final de su doctorado, esa decisión lo llevó incluso hasta Shanghái: durante dos meses realizó los ensayos experimentales de su investigación en la Universidad de Tongji, gracias a una colaboración internacional y al financiamiento de QuakeCoRE y la Natural Hazards Commission de Nueva Zelanda.

Un edificio pensado para cambiar piezas

La propuesta de Gonzalo parte de una idea sencilla de explicar, aunque técnicamente bastante más compleja: que un terremoto no tenga que condenar al edificio completo.

Su investigación desarrolla conexiones metálicas para elementos de concreto prefabricado que permiten controlar dónde se concentra el daño. La losa, por ejemplo, puede permanecer protegida mientras otros componentes absorben la energía del sismo y, si resultan dañados, pueden retirarse y reemplazarse.

La idea podría cambiar también la manera de construir: fabricar los elementos previamente y ensamblarlos en obra mediante conexiones metálicas. “Como un Lego”, explica Gonzalo. Un sistema de piezas que pueden desmontarse. Eso permitiría construir más rápido y, en el futuro, retirar componentes sin demoler todo el edificio.

En el Perú, donde el concreto prefabricado todavía tiene un uso reducido, Gonzalo ve una posibilidad, aunque no una receta que pueda trasladarse directamente. Su interés está en traer conocimiento y adaptarlo, colaborando con la academia e industria local, para promover nuevas tecnologías tomando en cuenta las particularidades de nuestra construcción.

“Tengo ese objetivo de contribuir a la industria peruana”, reafirma. Y esa colaboración no tendría que ser en una sola dirección. En ingeniería sísmica, comenta, los países comparten literatura, resultados y aprendizajes después de cada terremoto.

Como sucedió recientemente con los terremotos en Venezuela. Gonzalo cuenta que, de manera remota, desde Nueva Zelanda formaron un equipo de reconocimiento para contribuir con la caracterización del movimiento y el daño estructural.

La distancia no lo separa de su país. Como joven universitario al que le costaba salir del confort de las aulas —y que hoy se encuentra a más de 10 mil kilómetros de casa buscando soluciones disruptivas en la ingeniería sísmica—  su consejo para quienes recién empiezan se basa en su propia experiencia: aprovechar la etapa formativa más allá de las clases, construir redes, desarrollar habilidades blandas y, sobre todo, buscar.

Hay oportunidades que están ahí, pero tienes que b