Rosario Amado, la científica PUCP que transforma la salud mediante la química

13/10/2026

Antes de participar en el desarrollo de medicamentos y vacunas como el VIH, ántrax y COVID-19, María del Rosario Amado Sierra apoyaba en el negocio familiar haciendo sándwiches para financiar sus estudios. Desde sus primeros ciclos en Química PUCP, sabía que quería dedicarse a salvar vidas; hoy, tras una maestría y doctorado en Estados Unidos, cumple este sueño luego de ser reclutada para contribuir en la regulación sanitaria.

Levadura, sándwiches, jugos y café. Así estaba compuesto el primer ‘laboratorio’ de Rosario cuando colaboraba en la tienda de su papá a principios de los 2000. En su familia, compartían la gastronomía como sustento: su mamá preparaba tortas, en sus tiempos libres y fue mediante la repostería como Rosario descubrió que en los postres no solo combinaba ingredientes, también era testigo de reacciones químicas.

“Siempre quise hacer algo nuevo, algo que no se haya hecho antes”, relata Rosario. Un impulso por descifrar nuevas recetas que también supo plasmar a lo largo de su trayectoria personal y profesional.

En el colegio —recuerda— a su gusto por las ciencias le sumaba una fuerte sensibilidad hacia las artes: pertenecía a la banda, integraba el conjunto folclórico e incluso contempló estudiar Música. Pero su deseo permanente por ayudar, aunque suene muy “idealista”, como ella misma bromea, la condujo hasta la química.

“Siempre tuve ese anhelo de encontrar la cura de una enfermedad, una vacuna, una cosa así”, comenta.

Pero para llegar a la universidad, no solo se preparó intensivamente en la academia, también implicó esfuerzos familiares conjuntos: su familia se tuvo que mudar a un apartamento más pequeño mientras afrontaban los gastos. Aunque había visitado distintas universidades, confiaba en que la PUCP le ofrecería los mejores recursos, desde académicos hasta extracurriculares, para su formación humana y profesional.

Una química que quería ayudar

Y una vez en la universidad, vivió en primera persona esa preparación integral. Desde la posibilidad de integrar el equipo de softball hasta la organización académica: “Nos dieron tiempo para clases, para laboratorio, para preguntar, debatir. El contacto con los profesores, que siempre tienen su puerta abierta para conversar, ayudó bastante”.

En química —cuenta Rosario— las áreas de especialización son más amplias a la percepción general: fisicoquímica, bioquímica, química analítica, orgánica e inorgánica. Pueden descifrar los procesos biológicos de la vida y entender la energía que mueve al universo e incluso crear los medicamentos del futuro, como ella siempre soñó.

Y lo consiguió cuando todavía se encontraba en nuestras aulas. Uno de sus primeros proyectos —y que recuerda con orgullo— fue una investigación orientada a encontrar un inhibidor para la enfermedad de Chagas, predominante en zonas del altiplano y que históricamente ha recibido menor atención de la industria por su desconexión con occidente. Este trabajo —llevado a cabo bajo la asesoría de la profesora Dra. Helena Maruenda de la especialidad de Química— fue publicado como un artículo científico que todavía es citado en distintas universidades del mundo.

Rosario ingresó al mundo laboral con la meta de seguir investigando y hallando medicamentos para distintas enfermedades, pero en contacto con nuestra realidad profesional, se dio cuenta que sus oportunidades de desarrollo, especialmente a mitad de los 2000, eran limitadas: migrar al extranjero para un posgrado, aunque implicaba alejarse de su familia, era la única forma de fortalecer su perfil. Y seguir su pasión.

Mientras que muchos compañeros directamente apuntan al doctorado, Rosario apostó por una maestría que le permita volver rápidamente a la industria. Fue admitida a University of North Carolina at Charlotte y se especializó en química orgánica. Pero la Gran Recesión que vivió Estados Unidos entre el 2007 y 2009 la obligó a reevaluar su futuro.

“Ni siquiera los estadounidenses conseguían trabajo. Entonces, la única manera para mí de poder seguir haciendo investigación y aprender era saltar al doctorado”, relata.

Rosario no solo postuló a cinco universidades en Estados Unidos, también fue aceptada en todas. Consciente de que permanecería al menos cinco años en cualquiera de los programas, antes de pensar en los rankings o el prestigio, priorizó la calidad humana.

Tres compañeros, también egresados PUCP, ya habían trabajado con quien sería su asesor en Michigan State University. Aquellas referencias positivas la condujeron a las temperaturas bajo cero del medio oeste norteamericano.

La científica detrás de las cortinas

Lo que parecía un desvío terminó ampliando su camino. Durante el doctorado, mantuvo el vínculo con la industria gracias a una pasantía en una compañía farmacéutica como química medicinal. Tuvo la oportunidad de participar en las primeras etapas del desarrollo de nuevas drogas contra el VIH. De diez compuestos —cuenta— cinco llegaron a pruebas en animales, tres pasaron a la primera fase de ensayos clínicos y uno logró finalmente salir al mercado.

 Terminando el doctorado, se incorporó a trabajar como investigadora en el Departamento de Salud Pública de California. Incursionó en el área de química analítica, pese a que no tenía experiencia en el rubro: “No sé, pero aprendo”, fue su reacción al recibir la propuesta.

Lejos de distanciarse del estudio de nuevas enfermedades, estas prácticas fueron un trampolín para ir acercándose a su trabajo soñado. Posteriormente entró al área de manufactura de medicamentos para humanos y productos animales. A pesar de ser un área poco común para químicos orgánicos de formación como Rosario, ella siguió adaptándose y, sobre todo, aprendiendo.

Su experiencia en salud humana en Estados Unidos le ha permitido ser parte del desarrollo de vacunas contra el ántrax y el COVID-19. Y hoy, Rosario trabaja en regulación farmacéutica, una etapa distinta del laboratorio, pero profundamente conectada con su formación química. Su labor abarca medicamentos de diferentes tipos y exige comprender tanto procesos químicos como aspectos médicos relacionados con su seguridad y eficacia.

Su recorrido le ha permitido observar prácticamente todo el proceso: desde la formulación y manufactura hasta la evaluación que precede a la llegada del medicamento al mercado.

Un trabajo que —como explica Rosario— se halla “detrás de las cortinas”. Los nombres de quienes participan en estas etapas no suelen aparecer cuando un producto llega a una farmacia, pero para Rosario hay una recompensa que no depende del reconocimiento: saber que su trabajo puede contribuir a combatir una enfermedad y, eventualmente, salvar una vida.

Aprender también fue cruzar fronteras

Con casi dos décadas en Estados Unidos, su consejo para quienes imaginan una carrera fuera del país se basa en su propia experiencia: encontrar una vocación, pero sin renunciar a las nuevas oportunidades: “No te cierres en una cosa, considera otras opciones en las cuales se puede aplicar tu carrera”, destaca.

Y a la par del rigor académico, Rosario considera fundamental encontrar espacios de reunión fuera de los laboratorios y aulas: adaptarse a otras culturas, escuchar, dialogar y aprender sin abandonar la propia identidad.

Porque aún a miles de kilómetros de distancia, Rosario lleva una parte del Perú con ella en “Runas del Sur”, agrupación musical latinoamericana a la que pertenece en Michigan, donde —con compañeros de Costa Rica, Ecuador, México y demás— interpretan cumbia y otros ritmos de la región. De la zampoña, quena y cajón que llevó en su maleta la primera vez que viajó a Estados Unidos, ahora cuenta con todo un set de batería mixto.

Entre vacunas, medicamentos, repostería y música, Rosario nos recuerda que el conocimiento no tiene barreras. Porque detrás de la doctora en Química que trabaja para mejorar la salud de personas en todo el mundo, antes hubo una joven que hacía sus primeros experimentos entre sándwiches y pasteles.

“Si tú realmente quieres hacer tortas, no te quedes solo repitiendo la misma receta, siempre trata de hacer algo nuevo”, sentencia con una sonrisa