Con aplicaciones reales en minería, seguridad y exploración científica, la propuesta Chaska se proyecta hacia las competencias internacionales más competitivas del mundo, liderado por una nueva generación interdisciplinaria de alumnos y egresados PUCP.
“Buscamos dejar un legado”. Así describía Luis Ramírez, ingeniero mecánico PUCP, el valor de Chaska: un vehículo de exploración aeroespacial que nació el año pasado en nuestra Facultad.
Aunque para aquella fecha, julio del 2025, Luis y muchos de sus compañeros ya sabían que este año estarían en el extranjero por estudios de posgrado, debido a que desde su nacimiento la propuesta incluyó a egresados y estudiantes de distintas promociones y especialidades, confiaban en que el proyecto trascienda generaciones.
“Nos planteamos dos retos: el University Rover Challenge y el European Rover Challenge”, explica Anthony Valladolid, estudiante de Ingeniería Mecatrónica, quien lidera el proyecto actualmente.
A partir del trabajo inicial de Luis Ramírez, Patrick Rodriguez, Salvador Rodriguez y Cristhian Mallqui, y bajo la asesoría del profesor Dr. Quino Valverde, la nueva generación de Chaska ha incorporado cuatro subsistemas principales: navegación autónoma, manipulación robótica, comunicaciones y análisis científico. Además de sumar producción audiovisual al proyecto. Chaska escaló, incluso, fuera de las Ciencias e Ingeniería.
“Este proyecto nos obliga a hablar el lenguaje de otras carreras. Aprendes a integrar, a ceder, a construir en conjunto”, explica Anggi Vásquez, estudiante de Ingeniería Geológica, quien integra el equipo de análisis científico.
Chaska fue concebido para explorar terrenos extremos, inspirados en Marte. Pero su impacto no se limita al espacio.
El rover integra navegación autónoma basada en técnicas avanzadas de mapeo y localización (SLAM): combina sensores LiDAR 3D, cámaras RGB-D y unidades de medición inercial para mapear su entorno y desplazarse sin intervención humana. En palabras de Anthony: “El rover no solo ve el entorno, lo entiende y toma decisiones en tiempo real”.
A su autonomía móvil, se suma un brazo robótico de seis grados de libertad capaz de manipular objetos, operar herramientas y recolectar muestras. “Tiene la precisión y fuerza necesarias para ejecutar tareas complejas en campo”, señala Gruzver Phocco, egresado de Ingeniería Mecatrónica y responsable de su diseño.
Mientras que el corazón científico del sistema está en su estación de análisis de suelo, equipada con mecanismos de perforación, sensores y capacidades de análisis microscópico y espectrométrico in situ. Rodrigo Agurto, de Ingeniería Mecatrónica, lo resume así: “Queremos que el rover no solo llegue a un lugar, sino que lo estudie y genere información útil”.
Y es a partir de su precisión y lucidez ingenieril y científica, donde aparece su valor fuera del ámbito espacial.
Desde la exploración geológica en zonas de alto riesgo hasta la inspección de socavones en minería informal o misiones de seguridad donde hay presencia de gases tóxicos o explosivos, Chaska puede convertirse en un aliado para proteger vidas.
“Es tecnología que puede evitar que una persona se exponga a un entorno peligroso”, afirma Franchesco Romero, líder del subsistema de comunicaciones. “Eso ya le da un propósito enorme”, agrega nuestro alumno de Ingeniería Mecatrónica.
El siguiente paso es claro: competir.
El equipo apunta a escenarios como el European Rover Challenge (ERC) en Europa y el University Rover Challenge (URC) en Estados Unidos, consideradas entre las competencias más exigentes en robótica a nivel mundial, donde participan universidades de países con la tecnología más avanzada del mundo.
Pero además del prestigio de estos torneos, hay una motivación profunda.
“Queremos demostrar que desde el Perú también se puede hacer tecnología de alto nivel”, comenta Anthony. “Que no estamos limitados por el lugar donde nacemos, sino impulsados por lo que somos capaces de construir”.
Ese impulso también implica un compromiso: sostener el proyecto en el tiempo. “Nosotros hemos recibido una base muy sólida, pero también tenemos la responsabilidad de mejorarla y guiar a las futuras generaciones”, añade Gruzver.
En ese proceso, el apoyo institucional y privado ha sido clave. Sin embargo, el equipo es consciente de que escalar el proyecto requerirá nuevas alianzas para alcanzar los estándares internacionales que exige un rover de tal envergadura.
“Chaska tiene potencial real de impacto. No es un prototipo aislado, es una plataforma que puede crecer, adaptarse y aplicarse en distintos sectores”, enfatiza Rodrigo. Por eso, más que pedir apoyo financiero, quieren demostrar que Chaska es una inversión en favor de la robótica, el talento y la dedicación peruana.
Porque cada generación ha sacado adelante el proyecto, incluso mientras conciliaba sus estudios, trabajo y formación académica, no por la obligación de cumplir con un curso, sino por amor a la ciencia y a su desarrollo en nuestro país.
“Uno de los principales propósitos es promover la parte STEM, que futuras generaciones —niños, adolescentes— vean este proyecto como una referencia de que se puede hacer robótica en nuestro país y de que no es cosa del otro mundo”, reflexiona Anthony.
Porque Chaska —como su nombre en quechua lo indica— no parará hasta las estrellas.
El proyecto interdisciplinario Chaska no sería posible sin el valioso aporte, talento e impulso de las siguientes personas, instituciones y empresas:
Miembros del equipo Chaska:
Apoyo institucional y privado