La historia de nuestra ingeniera mecatrónica no comenzó frente a un robot ni en un laboratorio científico. Pero gracias a su deseo genuino por servir y ofrecer soluciones, hoy es la primera egresada de su especialidad en la PUCP en obtener un doctorado, además de convertirse en una referente en una de las ingenierías con menor presencia femenina.
Entre salas de operaciones e instrumentos médicos. Así se imaginaba Estefania Hermoza Llanos cuando todavía era una adolescente. Su vocación por ayudar la invitaba a soñar con un futuro salvando vidas.
“La Estefania del colegio hubiese querido ser veterinaria, porque me gustan mucho los animales, me gusta mucho este tema de poder ayudar de una u otra forma”, recuerda.
Si bien su deseo por servir se mantuvo, a medida que descubría su perfil académico, encontró nuevos caminos en los que su voracidad por resolver problemas y ecuaciones le permitirían marcar una diferencia en la sociedad.
“Yo soy más lógica. Veo algo, si lo entiendo cómo funciona, lo puedo retener”, explica. La ingeniería, entonces, apareció como una alternativa real. Analizó muchas de ellas, hasta que halló en la malla curricular de Ingeniería Mecatrónica de la PUCP su destino.
Nuestra institución fue siempre su objetivo. Sus padres —peruanos que migraron a Venezuela en los años 80— le habían contado con admiración de la universidad. “Mi mamá siempre quiso estudiar acá”, recuerda.
Pero llegar a la PUCP fue un desafío académico y cultural. Tras haber cursado toda su vida escolar en Venezuela, el regreso al Perú significó adaptarse a un sistema educativo distinto. La preparación para el examen de admisión fue intensa.
“Estudiaba literalmente todas las semanas. No paraba ni los domingo”, relata.
Ingresó en su primer intento. Y, pronto, la universidad se convirtió en un espacio seguro donde podía encontrar desde estudio y descubrimientos académicos hasta amistades y ocio. “La PUCP la siento como un mini mundo. Tienes todo adentro y te puedes quedar todo el día ahí, porque nos ofrece de todo”.
Fue allí también donde empezó a perfilar con mayor claridad su interés técnico. Aunque su formación era mecatrónica, poco a poco se sintió más atraída por el diseño mecánico. Esa inclinación terminaría marcando su carrera.
Antes de dedicarse completamente a la academia, Estefania tuvo diversas experiencias profesionales que ampliaron su mirada sobre la ingeniería.
Realizó prácticas en Volvo, luego participó en la implementación de sistemas de gestión de mantenimiento en Pesquera Diamante y más adelante se integró a Tumi Robotics, una empresa peruana que desarrolla robots para minería. Pero, en paralelo, algo comenzaba a tomar más fuerza: su pasión por la enseñanza.
Desde los últimos ciclos de la carrera empezó a trabajar como jefa de práctica. Más adelante, dictaría cursos de mecánica mientras aún trabajaba en la industria. “Ese fue mi primer approach para la investigación, la educación, aprendizaje, etcétera”, cuenta.
Su anhelo por seguir el camino de la docencia y la investigación la impulsó a iniciar su posgrado. Primero, realizó una maestría en un programa conjunto entre la PUCP y la Technische Universität Ilmenau, que le permitió estudiar un año en Perú y otro en Alemania. Después, obtuvo una beca para realizar su doctorado en la RWTH Aachen, una de las universidades más prestigiosas del mundo en ingeniería mecánica. Así, en julio de 2025 defendió su tesis doctoral con la máxima distinción académica: summa cum laude; momento que la convirtió en la primera ingeniera mecatrónica PUCP con un doctorado.
Su investigación se centra en los llamados mecanismos flexibles, estructuras que generan movimiento sin las articulaciones rígidas típicas de muchas máquinas. En lugar de tornillos o pines, utilizan la deformación controlada del material.
A través del diseño de grippers —pinzas mecánicas de alta precisión— su investigación tiene tanto aplicaciones industriales como médicas. Tal como lo soñaba de niña.
Tras casi cinco años en Alemania, Estefania regresó al Perú a fines del año pasado y forma parte de la Sección Ingeniería Mecánica PUCP, donde combina docencia e investigación.
“A mí me gusta mucho la parte de la docencia, porque es mi manera también de contribuir de una u otra forma a la nueva generación”, asegura. En sus clases, busca resolver más que cálculos. Le interesa transmitir también una forma de pensar: la mentalidad de quien observa un problema, lo analiza y busca comprender cómo funciona antes de resolverlo.
La experiencia, confiesa, es siempre bidireccional. “Ellos también me enseñan muchísimo”, dice sobre sus estudiantes. “Sus formas de pensar, sus motivaciones, incluso sus problemas”, agrega.
Además, ser parte de una plana docente en ingeniería mecánica donde todavía la presencia femenina es reducida, tiene un significado especial para muchas estudiantes: “Ver una profesora joven e ingeniera te da una visión de lo que sí puedes lograr”, sostiene.
Seguir tu pasión, asegura, es la clave para permanecer y perseverar en un mundo científico que no estará exento de errores: “Uno no aprende a cocinar sin antes haber quemado algo”, comparte para aquellos que todavía temen dar el siguiente paso. Los invita a confiar en sus capacidades y en la sólida formación que ofrece la PUCP.
Hoy, desde el aula y en conjunto con la investigación, Estefania Hermoza continúa impulsando una ingeniería que no solo diseña mecanismos, sino también nuevas oportunidades para quienes vendrán después.