De admirar museos a contribuir con su estudio. Nuestra egresada de Química, en su tesis de licenciatura, ha puesto su curiosidad científica al servicio del patrimonio cultural nacional: a través del análisis de materiales arqueológicos, proporciona información crucial sobre su composición y estado de conservación.
Asombro y fascinación. Así contemplaba Paola Castro Lescano los museos durante su infancia. “Yo iba de curiosa mirando. Al inicio no comprendía, solo decía: ‘Ay, qué bonitos colores’”, recuerda. Atesora aquellas experiencias con particular apego, ya que —en su natal Cañete— no tenía ninguno disponible. Sus experiencias culturales se limitan a viajes esporádicos una vez al año por el centro de Lima con su mamá.
A pesar de que desde el colegio su vocación siempre estuvo dirigida a las ciencias, y en especial en los laboratorios de química, los museos también formaban parte de su pasión. Dos mundos que consideraba incompatibles y distantes.
Una perspectiva que logró cambiar en la PUCP. “Me di cuenta de lo grande que es la química, de cómo puedes aplicarla en todo lo que observas”, relata. Allí, entre largas horas de estudio y práctica analítica, descubrió que la ciencia también podía interpretar objetos históricos: descifrar incógnitas culturales que enriquezcan al país.
El hallazgo decisivo llegó cuando conoció el Grupo de Análisis de Materiales de Patrimonio Cultural, que lidera la profesora Patricia Gonzales. “Dije: aquí puedo combinar. Conocer un poco más de los objetos que cuando era chiquita miraba por fuera”. La química dejaba de ser una ciencia lejana: se transformaba en un puente.
Así que, alentada por la Dra. Gonzales, y con la convicción de cumplir los sueños de aquella niña que admiraba los museos, decidió centrar su tesis de licenciatura en utilizar técnicas analíticas químicas para obtener datos valiosos relacionados a la manufactura de los objetos prehispánicos.
Analizó cerámicas, metales y textiles pertenecientes al Museo de Arqueología Josefina Ramos de Cox. En las cerámicas de Tablada de Lurín, estudió pigmentos; en metales, determinó composición elemental mediante fluorescencia de rayos X (XRF); en textiles, combinó XRF, espectroscopía Raman y cromatografía líquida de alta resolución (HPLC) para identificar colorantes.
El reto era doble: rigor y cuidado. Las muestras textiles medían apenas un centímetro. “Solo se podían analizar una vez. Tenía que hacer todas las pruebas antes para no perderlas”. Hubo que diseñar métodos, revisar bibliografía, elaborar muestras simuladas. Detrás de cada análisis, había un patrimonio milenario que proteger.
Paola revela que, personalmente, uno de los hallazgos que más asombro le generó fue confirmar la presencia de índigo en un textil azul. No suena espectacular, pero representa una pieza más del rompecabezas histórico. “La química aporta a contar la historia detrás de la pieza: cómo fue elaborada, qué materiales se utilizaron, qué conocimientos había antes”.
La accesibilidad y apertura del museo fueron clave. “Nos abrieron las puertas y dijeron: ahí están las piezas, elige cuál quieres analizar”. Con la colaboración de historiadores y conservadores, afinó términos y contextos. La interdisciplinariedad, como aprendió en las aulas de la PUCP, es la base para las mayores contribuciones como sociedad. Y no tiene por qué estar separada entre ciencias y letras.
Para Paola, la unión entre química y arqueología tiene dos dimensiones. La primera es la conservación: identificar compuestos potencialmente tóxicos, prevenir degradaciones, decidir condiciones adecuadas de almacenamiento. La segunda es narrativa: ofrecer información que enriquezca la exhibición pública y permita comprender –y conectar— mejor nuestros orígenes.
En un país como el Perú, donde el patrimonio arqueológico es vasto y vulnerable, esta mirada científica es urgente. “Necesitamos más colaboración interdisciplinaria para armar un rompecabezas y explicar un poco más acerca de esa pieza que ya está aquí y no sabemos qué ha ocurrido en el pasado”, asegura.
Esa convicción la llevó a compartir su experiencia en la última edición de News in Conservation, revista de la International Institute for Conservation of Historic and Artistic (IIC), organización global sobre conservación y patrimonio cultural.
Antes de revelar detalles técnicos de su investigación, el artículo se centró en su testimonio y experiencia como científica comprometida con la riqueza cultural: “Mi intención es que todo el público pueda entender por qué decidí analizar piezas arqueológicas y cómo pude unir estos dos mundos”. Paola desea que más químicos puedan aportar en la historia y comprensión de nuestras primeras civilizaciones.
Aunque hoy su camino profesional transcurre por otra línea: control de calidad y cromatografía de gases en diversas matrices como agua, suelo y alimentos, aquellos aprendizajes permanecen. La cromatografía que la fascinó en los textiles sigue siendo parte de su especialización actual.
Su experiencia deja una lección clara para las nuevas generaciones: la química no está confinada a la industria o al laboratorio aislado. Puede —y necesita— dialogar con la historia, con el arte, con la identidad cultural. Puede proteger la memoria.
“Desde mi experiencia, he visto que los museos siempre están abiertos a apoyar las investigaciones”, señala. Lo que se necesita, insiste, es interés. Voluntad de preguntar. De acercarse.
Y su camino comenzó así: motivada por la curiosidad que tuvo de niña, encontró un grupo y docentes con un mismo objetivo: contribuir —sea cual sea tu carrera— a que el pasado peruano no solo se conserve, sino que se comprenda mejor.